miércoles, 5 de febrero de 2014

Lorenzo Caprile: una trayectoria de excepción y un talento extraordinario son el sello de uno de los grandes de la costura española



Desde su precioso taller, en el barrio de Salamanca, en Madrid, el magnífico modista Lorenzo Caprile compartió conmigo su vocación, su maravilloso trabajo y una estudiada capacidad, en unos minutos que me han sabido a glamurosa trascendencia.



 Madrid había amanecido con un inesperado diluvio que trasformó las calles de la ciudad, hasta entonces bañadas por un agradable sol de finales de verano, en caminos de plata que discurrían bajo pasos presurosos, cientos de turistas sorprendidos en ropa ligera y ciudadanos precavidos en pilotos (gabardinas) y coloridos paraguas.
La mañana, obviamente, había desobedecido el pronóstico de sol, disipando nuestras ilusiones de piscina y tragos fríos en una terraza madrileña pero, sin embargo, yo me sentía encantada porque nos encontrábamos en una de las ciudades más bonitas de España, los enormes ventanales del hotel nos hacían partícipes del hilo musical del agua vertiéndose sobre las aceras, tenía frente a mí a la persona que más amo en el mundo, mi marido, sonriéndome detrás de una taza de café caliente y un suculento desayuno y contábamos con la suerte de una de las invitaciones más atractivas que una escritora curiosa como yo, y amante de la moda y de sus protagonistas, puede llegar a tener: la del magnífico Lorenzo Caprile, desde su taller del prestigioso barrio de Salamanca.

“Vamos de boda”

El barrio de Salamanca, en Madrid, discurre entre las calles Serrano, Claudio Coello y Ortega y Gasset; preciosas calles enmarcadas por cientos de tiendas de lujo y firmas comerciales reconocidas internacionalmente. Es una de las zonas más comerciales de la ciudad y uno de los barrios de mayor nivel de vida de Europa.
Sobre una de esas calles tiene su taller el modista Lorenzo Caprile, quien ostenta, con renombrado prestigio y desde hace más de veinticinco años, una trayectoria que lo ha consagrado entre los mejores del mundo de la costura.
Aquella mañana, mientras la lluvia amenizaba nuestra escapada a la preciosa capital española, nos acercamos hasta él para ser recibidos, como no esperábamos menos, con un cuidado respeto hacia mi curiosidad que, a medida que pasaban los minutos, intentaba disimular con infortunados resultados.
El nombre del modista se escuchaba a lo largo del taller, las puertas se abrían y se cerraban con presurosa insistencia y las pruebas de las novias se dejaban oír desde el salón de la entrada, donde nos recibieron magníficos trajes de noche, presentados en una bella escala de colores, que atrajeron de inmediato, y como no podía ser de otra manera, mi atención.
Lorenzo Caprile estudió en el Fashion Institute of Technology de Nueva York y en Florencia, en el Politécnico Internacional de la Moda.
Su vocación está inclinada en exclusividad al mundo de la moda, sin embargo, cuenta con una formación académica como licenciado en Lengua y Literatura de la Universidad de Florencia que lo convierte en un detallista de las expresiones, cuidándose siempre de utilizar las palabras adecuadas y combinar de manera exacta los sentidos de las mismas.
 Hacia finales de los noventa toda su carrera, consistente en trabajos para reconocidas firmas de moda, italianas y españolas, desde principios de la década, época en la que establece su propia empresa en el barrio de Salamanca, se hubo visto reconocida mundialmente al ser elegido como el modista encargado de diseñar el vestido de novia de la Infanta Doña Cristina. Con el paso de unos pocos años, su nombre y prestigio se hubieron afianzado notablemente con diseños para importantes celebridades y magníficos trajes para importantes acontecimientos que vestirían, de manera soberbia, a Su Alteza Real la Princesa de Asturias, Doña Letizia Ortíz Rocasolano.
Todas estas formaciones universitarias e importantes experiencias laborales hacen de Caprile no sólo un gran artista sino, también, una persona interesante y muy respetuosa, que sabe cómo actuar y ante quien hacerlo; un artista admirado por sus clientas por el perfil emocional aplicado en cada una de sus creaciones, sobre todo en los trajes de novia, orientados siempre, no sólo a la belleza y a la elegancia de la mujer sino, también, a la satisfacción personal de cada una, a su estilo, a su físico, edad y, por supuesto, y tal como él mismo lo menciona en su libro “Vamos de boda” publicado en el año 2003, a su bolsillo.

Un encuentro tan fugaz como inolvidable


Aquella mañana, Ángeles nos recibió en la oficina de calle Claudio Coello con su acostumbrada sonrisa y su trato amable y la encantadora Lola nos guió a través de todas las esquinas del hermoso taller del modista madrileño. Hemos tomado contacto con cada uno de los más de diez artistas que, junto con el modista, cumplen tan importantes sueños de costura, y nos dejamos llevar por el embrujo de unos fantásticos diseños y de un trato exquisito, que culminó con fotos y entrañables obsequios que consiguen que hoy, y desde mi escritorio de trabajo, recuerde aquel encuentro como uno de las más distinguidas oportunidades de contactar con verdaderos artífices de la costura española.
Lorenzo Caprile se despidió colocando un libro autografiado en mis manos en el que aconseja sabiamente y con su afabilidad acostumbrada los pasos más adecuados para elegir tu vestido de boda (“Vamos de boda”-Ed. Temas de hoy/2003) y una hermosa flor blanca en la solapa de mi chaqueta, regalos que conservo como recuerdo de un modista de excepción, el cual, y debido a su gran talento para la costura y a su simpatía, se ha convertido invariablemente, para mí, en una artista inolvidable.

 
http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2013/09/21/nosotros/NOS-18.html

Una noche especial, en Málaga, donde está prohibido dormirse.




Una noche especial, en Málaga, donde está prohibido dormirse.

Cuando la Catedral se ilumina y se rodea de música y arte, “La Noche en Blanco” comienza a abrazar el centro de Málaga. Foto: www.i-malaga.eu


 Hay un día del año en el que se conjugan especialmente, en la ciudad de Málaga, el arte en todas sus variantes con el ocio más constructivo y espectacular.
Es el día de “La Noche en Blanco”.
Coordinada por el Ayuntamiento  e impulsada por las buenas ideas y proyectos de sus políticos y empresarios, La Noche en Blanco es la fiesta nocturna por excelencia durante la cual permanecen abiertos, desde las veinte horas hasta las dos de la mañana, y de manera gratuita, cines, teatros y museos, complementados con más de ciento cincuenta propuestas culturales en el marco de lo escénico, visual, artístico y musical, a lo largo de sus calles céntricas.
De esta manera, el sábado 11 de marzo pasado,  la ciudad se convirtió en una algarabía social que abarrotó las esquinas con sus pasos curiosos, sus risas y su expectación, presa de los encuentros más sustancialmente divertidos y amenos.
Así, y durante seis horas, nos deleitamos en la magia de lo tan largamente pactado, como la presencia de los diseñadores malagueños de alta costura, quienes expusieron sus mejores diseños en compañía de altísimas y hermosas modelos en la esquina de una suntuosa calle Larios vestida para el evento, compartiendo escenario con la magnificencia de coches de incalculable valor puestos en acción por el Museo Automovilístico de Málaga.
Los museos de la ciudad han sido protagonistas de excepción, como el Carmen Thyssen de calle Comedias, que además de ostentar la belleza de la colección pictórica Julio Romero de Torres recreó las tradiciones de un típico patio cordobés; o la Casa Natal del pintor Pablo Ruiz Picasso que también abrió sus puertas frente a la Plaza de la Merced; o el Museo Interactivo de la Música presentando su concierto para sordos, o el Museo de Artes Populares, el del Vidrio y Cristal, el del Vino o el de Arte Flamenco Juan Breva, que aportó su tradición más armónica y vistosa con diferentes actuaciones de música flamenca, cada hora, a lo largo de toda la noche. El centro de Ciencia Principia también participó de esta noche tan especial con sesiones de experimentos y visitas guiadas en su increíble planetario y la Sala de Exposiciones del Rectorado de la Universidad de Málaga tuvo el privilegio de presentar la extraordinaria exposición del reconocido pintor malagueño de la ciudad de Vélez - Málaga, Evaristo Guerra.
Muchos más se sumaron a lo largo de las esquinas para que, al final de la noche, los aplausos se vuelvan extensibles a cada integrante de una ciudad dispuesta a destacar en su cultura con el arte más tentador y curioso, con la belleza escénica más original y con las tradiciones más sentidas que, en un día como el del once de marzo pasado, se compartieron con el deje satisfecho de una ciudad plenamente orgullosa de sus artistas.

Ciclo de Cine Humano en La Noche en Blanco de Málaga






Ha sido un enorme privilegio para mí este año, y en esta noche malagueña tan particular, acompañar a mi querida amiga, la directora madrileña de cine  Ana Rodríguez Rosell, en la presentación de su película “Buscando a Eimish”, proyectada en el Cine Álbeniz, junto a la emblemática Plaza de la Merced, en el centro histórico de la ciudad.
“Buscando a Eimish” ha sido una de las siete películas proyectadas, acompañadas de siete cortometrajes, a lo largo de los seis días en los que el  I Ciclo de Cine Humano nos adentró en la esencia del ser humano, en sus sentimientos más enraizados y fuertes y en sus decisiones más estremecedoras.
Este ciclo es un evento cultural organizado por la Delegación de Medios de la Diócesis de Málaga, cuya finalidad es promover el cine que destaca  las emociones y actitudes que dignifican a las personas. Por esta razón no me ha resultado extraño, y sabiendo que en el Festival de Cine Español de Málaga del pasado año ha sido reconocida con el Premio Signis de esta misma entidad, que la película de Ana Rodríguez haya sido invitada para participar en él y que se haya convertido en una más de las luces que iluminarían la noche en Blanco de Málaga.
Este evento cultural,  que toma impulso a través de las manos cordiales y amabilísimas de los sacerdotes Rafael Pérez, Delegado Diocesano de Medios de Comunicación Social y Juan J. Loza, responsable del ciclo de Málaga, es una nueva oportunidad, aplaudida por el Ayuntamiento de la ciudad para resaltar la calidad cinematográfica española, el emprendimiento constante de sus artistas y la participación del público ante este tipo de propuestas culturales orientadas a promover las actividades audiovisuales en la ciudad.
Yo, por mi parte, me he sentado una vez más a degustar la película de mi amiga. Una vez más he seguido a sus protagonistas a través de ese viaje de búsquedas y de encuentros, de lucha por descubrir un lugar propio en el mundo en la sencillez de lo cotidiano. Una vez más he cogido la maleta de Eimish y la he acompañado a través de los caminos que la conducirían no sólo a encontrarse a sí misma, dilucidando las tinieblas de sus preguntas y desenmarañando los acertijos de sus sentimientos, sino también a conocer a quienes la rodean, a descubrir las verdaderas pretensiones de sus actitudes y a brindarles una orientación, plagada de inocencia y cariño, a las personas que ama y que han ido perdiendo el rumbo de sus vidas, castigadas por el infortunio de lo impredecible.
La proyección de la película de esa noche, en el cine Álbeniz, finalizó con un encuentro moderado por el actor y crítico de cine Jesús Criado, en el que intervinieron la directora de la película, Ana Rodríguez Rosell; Macarena Astorga, ganadora de la Biznaga de Plata en el festival de Málaga por su corto “Tránsito”; el simpatiquísimo actor malagueño ganador del Goya al Actor Revelación 2013, Joaquín Núñez y el sacerdote responsable del ciclo, Juan J. Loza.

Un privilegio cinéfilo único que Málaga, en esa noche tan especial, ha puesto al alcance de todos.



Desde la otra orilla


La escritora Flavia Catella Zancada, desde la ciudad de Málaga, comparte las páginas más entrañables de su primer libro “Entre dos lunas” con Santa Fe, su ciudad natal, recordando los devenires de un reencuentro con sabor a querencias, abrazos e infortunios.



Hace más de doce años que dejamos Santa Fe, una ciudad que hoy se nos presenta como lejana en nuestras posibilidades pero cercana en el corazón de las añoranzas. Por ese motivo no creo tener más derechos que nadie de permanecer en su memoria pero, sin embargo, la distancia muchas veces ayuda a que los recuerdos permanezcan intactos o que, simplemente, renazcan ante el menor esfuerzo por traerlos de vuelta, ante la mínima intención de revivir una parte de nuestra vida que fue buena y que nos hizo lo que somos ahora, a pesar, o a propósito, de nuestras capacidades, dificultades y errores.
A raíz de eso, una vez llegada a Málaga, asentada y seducida por un cambio que podía satisfacernos y ayudarnos a crecer, comencé a rebobinar buscando un comienzo, las preguntas que habían dado origen a tantas respuestas y las actitudes de las personas que estuvieron a nuestro lado cada vez que hacíamos algo en favor de nuestro crecimiento personal.
En esas “noches de trasnoches” y esas mañanas de reflexiones que buscaban hacerse un hueco entre camas sin tender y comidas por preparar, surgió mi primer libro, “Entre dos lunas”, publicado en la ciudad de Málaga por Editorial Vértice, a miles de kilómetros de distancia de nuestros hogares, con el alma sobre el teclado de la computadora, las lágrimas como testigos fieles de tantas conclusiones y el corazón en un galope incesante de sentimientos controvertidos e imágenes imborrables.
Uno de los capítulos de esta querida epopeya, escrita durante más de un año en una reclusión que insistía en llevarme nuevamente, y después de tanto doblar esquinas desconocidas, a recorrer las calles de nuestra ciudad natal, habla de nuestra visita a Santa Fe tres años después de haber encontrado nuestro lugar en tierra andaluza, de los reencuentros con nuestras querencias, con nuestras familias, amigos y con una ciudad que nos brindaba un sol tímido de frío invierno y los comentarios de su gente sobre los días difíciles que les habían tocado vivir unos meses atrás, cuando el río Salado abría sus fauces y se devoraba la impotencia y la desolación de una ciudad asediada por la amenaza constante de sus ríos, el día en que la hermosura de sus aguas se hubo convertido, una vez más, en una bestia salvaje, hambrienta de espacio y libertad.
Todo lo que vivimos esos días ha quedado para siempre grabado en las páginas de “Entre dos lunas” para compartirlo con quienes quieran estrechar los brazos lánguidos de la nostalgia, para llevarlo conmigo para siempre, para releerlo cada vez que queremos recordar lo que nunca debemos olvidar y para sentir la satisfacción de conservar lo que nos ha hecho grandes y fuertes, en el calor sólido y palpable de la permanencia.

A orillas de otra luna

” (…) Nos acostamos tarde y nos levantamos muy temprano. Dormimos en la casa grande de calle Patricio Cullen y amanecimos con las facturas con dulce de leche sobre la mesa y con Schumacher corriendo el Gran Premio de Hungría.
Marta y Alejandra nos esperaban con los canelones de espinaca en el horno.
Marta seguía viviendo en su pequeño piso (…), con sus particulares vecinos, en donde nuestro hijo vivió su primer año de vida y Alejandra tenía una hermosa casa en la ciudad de Santo Tomé, junto a la ciudad de Santa Fe, con un gran patio lleno de perros y un asador enorme que se encargaba de reunir a los amigos junto a él.
Pero ese mediodía no hubo asado porque habíamos vuelto a reunirnos, tantos años después, para seguir con la tradición gastronómica de degustar los exquisitos canelones caseros de nuestra amiga Marta.
Fue una tarde tranquila de fotos y recuerdos, de confesiones y relatos sobre los avances y los retrocesos de nuestras vidas.
Ellas seguían trabajando (…) y tenían mucho que contarme al respecto pero sobre todo nos relataron hasta romper en llantos los devenires trágicos de la última inundación que habían padecido en la ciudad hacía solo unos meses atrás.
La ciudad de Santa Fe se encuentra ubicada entre dos ríos, el Paraná y el Salado, pero aunque naturalmente su emplazamiento geográfico se sitúa en un área susceptible de ser afectada por inundaciones en aquella ocasión hubo muchas omisiones políticas, además de los fenómenos naturales, que permitieron el desencadenamiento de la catástrofe.
El día 28 de abril de ese año 2003, por la noche, se desbordó violentamente el río Salado. Lluvias muy intensas causaron una creciente extraordinaria del río y sumado a la imprevisión oficial, a las obras inconclusas, ya que hacía más de diez años que no se medían las alturas y los caudales de los ríos por falta de presupuesto, a la desidia, porque el gobernador provincial y el intendente municipal habían dicho que no habían recibido ninguna alerta de la catástrofe mientras que la Universidad Nacional del Litoral y otros institutos dedicados al estudio del agua y a la tecnología agropecuaria aseguran haberlo hecho y a la inoperancia de los organismos competentes, un tercio de la superficie de la ciudad quedó bajo el agua y en pocos minutos las calles de Santa Fe se convirtieron en una maratón demoledora, con dramáticos resultados.
Más de cien mil personas debieron huir precipitadamente de sus hogares y muchas no pudieron hacerlo, encontrando la muerte en la creciente que arrastraba sus casas, sus animales y su vida, en el destino de un pueblo amenazado por el agua de los ríos que la rodean y por la inoperancia de sus gobernantes, siempre atentos a otro tipo de litigios que no conciernen al bienestar de la población y a su dignidad de vida.
Esa tarde Carlos, el marido de Alejandra, se dejaba vencer por los recuerdos de esos días en la sobremesa de su casa de la ciudad de Santo Tomé  contándonos los pormenores de la inundación que había sucedido sólo unos meses antes de nuestra visita.
-Los vecinos le avisaban a aquella anciana que venía el agua…- decía con emoción mientras se aferraba al mantel para contener las lágrimas-. Le pedían que corriera, que saliera de su casa, que el agua estaba llegando…Pero ella no lo vio y el agua se la llevó ante los ojos de sus vecinos- contó Carlos con un hilo frágil de voz, abatido por el dolor.
-El error de aquella anciana había sido, simplemente, estar de espaldas a la masa de agua que se acercaba como una garganta hambrienta, devorando todo a su paso…- nos comentaba Carlos entre llantos mientras Alejandra abrazaba a su marido desde la parte posterior de la silla, pretendiendo que nada de lo que habían vivido fuese cierto. Que ella no quedó inmovilizada varios días en la otra esquina del puente que la cruzaba a la ciudad de Santa Fe, que no habían visto a tanta gente deambular por las calles, perdida, sin destino aparente, con el rostro invadido por la preocupación y los ojos ciegos de impotencia, que no habían visto los telediarios mostrando las calles de la ciudad transformadas en ríos, a los vecinos cargando con sus hijos y sus animales hacia ninguna parte y a los habitantes de las casas morir dentro de ellas, en el abandono de sus fuerzas; que no sabían nada de las escuelas que permanecieron cerradas a los estudiantes para transformarse en albergues temporales de espíritus desesperados y abandonados a su suerte.
Alejandra consolaba a su marido mientras Marta lloraba en la otra esquina de la mesa abrazada a los álbumes de nuestras fotos en las montañas prósperas de Málaga, convenciéndonos de que no sólo habíamos hecho bien en volver unos días sino que habíamos hecho mejor en irnos, antes de que la profecía devastadora se cumpliera y de que los políticos (…) no pudieran impedir que se cerraran las cuentas de los bancos con todo el dinero de los trabajadores dentro y antes de que los gobernantes de la ciudad de Santa Fe permitieran que se ahoguen los últimos latidos de un pueblo desesperado, un pueblo humedecido más por las lágrimas que por el galope arrogante del río Salado que había golpeado su furia sobre las espaldas de tantas pequeñas ilusiones que ese abril del año dos mil tres morían solas en el barro abandonado del silencio. “ (…)
             
 “Entre dos lunas” (Editorial Vértice)

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