lunes, 27 de octubre de 2014

Con música en el corazón y alta costura en las manos (Fotos: Agustín Varrone)




 
Pasarelas de líneas esbeltas, delicadas transparencias, elegancia en los complementos y refinados trajes de novia engalanan la trayectoria del diseñador malagueño Miguel Ángel Ruiz, un artista amante y creador de la más distinguida alta costura.

 Málaga se caracteriza por cualidades con las que me he reiterado hasta el cansancio: es una ciudad amante de la moda y respetuosa de sus protagonistas, con sitio para todos.
En estos últimos años he podido ver cómo ha ido sumando incondicionales a sus iniciativas sociales y desde muy dentro del mundo de la costura he apreciado cada cambio y cada artífice en particular, ésos que producen la magia de los diseños más espectaculares y no dudan en compartirlo con quienes saben que van a respetar, admirar y recordar cada detalle, cada centímetro de encaje y cada ilusión convertida, finalmente, en un traje que transformará el evento en una situación inolvidable.

Siempre que me invitan a algún acontecimiento me halagan en respeto y reconocimiento y así respondo, con el mismo interés que demuestran con esa invitación, y más, en la certeza de que me sorprenderán con algo o alguien a quien aprecio dentro de esta permanente exhibición de talentos malagueños.
Por ese motivo, el día en que Isabel Artacho, directora de la empresa coordinadora de eventos Bodanova, me invitó (como tantas otras veces), respondí de inmediato y debo reconocer que, en aquella ocasión, mi interés era bastante especial ya que se trataba de un desfile de mi querido amigo, el polivalente diseñador malagueño Miguel Ángel Ruiz.
Desde su atelier ubicado en la Plaza Uncibay, en pleno centro de Málaga, este diseñador continúa atrayendo, y desde hace más de treinta años, a una clientela cautivada por sus diseños. Sus líneas son suaves y en todas ellas prioriza la femineidad combinando transparencias y tejidos de primer nivel que le confieren a sus colecciones una grácil elegancia que se ha transformado en un sello personal.

Cómo nace un artista


Yo procedo de una familia amante del arte. La música, la pintura y la fiebre literaria han estado siempre presentes en cada una de las paredes de la casa grande de mi ciudad natal. Mi madre es una investigadora incansable cuya constancia es digna de la más atenta de las admiraciones y mi padre es amante de la poesía y las buenas narrativas, costumbre que hoy mantiene, incluso, a través de las letras de algunos de los tantos integrantes de la familia.
El despertar de una vocación es un proceso durante el cual, en muchos casos,  se maceran las preferencias a través de la admiración hacia alguien cercano y de la posibilidad de estar junto a él, compartiendo su manera de trabajar.
Eso le ocurrió a Miguel Ángel.
Nacido en Málaga, se formó en Telecomunicaciones, Técnicas de Tratamiento de la Imagen y en Fotografía y cursó estudios de Música en el conservatorio Superior de Málaga. Amante del arte en todas sus formas, sumó a su formación los estudios de Diseño, Patronaje y Escalado Industrial, respondiendo a una vida volcada a apreciar los diferentes aspectos del desarrollo creativo.
En el año 1983 abrió su primer atelier junto a su hermano, el reconocido diseñador malagueño Paco Ruiz, con quien compartió los frutos de su talento en una combinación de criterios profesionales y de lazos familiares que le allanaron el camino hacia una carrera de diseño de alta costura que hoy desarrolla en su ciudad, dirigiendo su propio atelier, con los merecidos reconocimientos de la prensa de moda, de sus compañeros de profesión y de una amplia clientela, fiel seguidora de sus líneas.

Junto al diseñador


Nos sentamos frente a frente en su atelier y comenzamos a transitar juntos estos años de trayectoria. Anécdotas, reflexiones, valoraciones personales y videos de sus pasarelas fluyen en un ambiente distendido, en la afabilidad de su temperamento, amable y educado, y de un trato siempre respetuoso que infunde comodidad y cercanía.
Me habla de sus inicios, de sus estudios, del “Alfiler de Oro”, un premio que le otorgó en la ciudad de Málaga “Nueva Moda”, la empresa de María José González, a su trayectoria como diseñador, el pasado año en la Pasarela Larios; me enseña sus maravillosos trajes y me invita a probármelos, situación que me seduce siempre de manera muy particular porque me brinda la posibilidad de observarlo, ya no como amigo, sino como diseñador, disfrutando mientras se explaya en los comentarios acerca de los pasos que lo han llevado a crearlo.
Hablamos de su afición hacia el arte en general y de su amor hacia la música, condición que le ha dado la posibilidad, en alguna ocasión, de fusionar esas dos facetas de su vida sobre la pasarela, interpretando él mismo, guitarra en mano, el fondo musical de sus desfiles.



“El arte no se aprende”

-Te pueden enseñar a tocar un instrumento, te pueden enseñar cómo diseñar un traje…- me comenta Miguel Ángel Ruiz- pero lo que nunca pueden enseñarte es a ser un artista- asevera, finalmente.
Y esa es la suerte que lo engrandece y de la cual se siente tan orgulloso: la de haber aprendido el arte del diseño trabajándolo y bebiendo cada uno de sus beneficios, tanto laborales como personales, hasta poder conquistar su propio sitio, en una perfección conferida a través de muchos años trabajados al amparo de una vocación nacida del empeño, del compromiso diario y de sus ampliamente demostradas capacidades naturales orientadas hacia la creación y hacia la belleza de la mujer; capacidades que han hecho de Miguel Ángel Ruiz uno de los diseñadores más reconocidos de la ciudad de Málaga e indudablemente, y a través del favor de tantos años vividos, lo han convertido en un verdadero artista.

 http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2014/09/13/nosotros/NOS-12.html


 


miércoles, 15 de octubre de 2014

La profesión como un regalo solidario (Fotos: Lorenzo Carnero para Agencia Punto Press)



“Fuertes y Hermosas”, por tercer año consecutivo, congrega en Málaga a cientos de corazones generosos dispuestos a defender los derechos de las mujeres maltratadas y de sus hijos, convirtiendo las posibilidades en prioridades esenciales para el desarrollo obligado de una sociedad que brega por la igualdad de las condiciones humanas.


Luego de tantos años viviendo en esta ciudad, las permanentes iniciativas sociales de sus profesionales y empresas destinadas en favor de la sociedad, no constituyen algo que me sorprenda.
Por el contrario, ya me he familiarizado con ellas, porque cuanto más tiempo pasa, más conozco acerca del malagueño, de la generosidad que despliega en un continuo ofrecimiento y de las elogiables capacidades artísticas y profesionales que transmite con el calor de lo que nace y se entrega desde el corazón.
Salir de casa significa  encontrarme con la afabilidad de sus sonrisas y abrazos, la calidez de sus conversaciones cercanas y jubilosas y el constante respeto hacia las necesidades, que intentan paliar con desinteresada insistencia.
Un privilegio que nos brindamos muchos de nosotros, es el hecho de no dejar de admirarlos, abanderando la intensión permanente de formar parte de esas actividades que los dignifican, ofreciéndonos a través de las capacidades que nos caracterizan como persona y con las que, día a día, edificamos nuestra propia vida.
La Diputación de Málaga ha presentado este año “Fuertes y Hermosas”, con la colaboración del Ayuntamiento de la ciudad representado por la encantadora y versátil concejala Mariví Romero, la empresa organizadora de eventos, Makyre Eventos, y un valioso equipo de veinte peluqueros, diez maquilladores y cinco profesionales de la escuela de shiatsu. Un evento a través del cual, el pasado día sábado 20 de septiembre, no dudaron en convertir, a la hermosa Plaza de la Constitución del centro de la ciudad, en un escenario solidario sobre el cual sus organizadores brindaron servicios profesionales de manera altruista y cuya recaudación se destinó, en su totalidad, a dos importantes entidades sociales que luchan contra la violencia de género: Deméter (asociación dedicada a brindar intervención especializada a menores de dieciocho años que han sufrido algún tipo de maltrato por esa vía) y Amusuvig (Asociación de Mujeres Supervivientes de la Violencia de Género).
De esta manera, se ha podido concienciar a la población acerca de los daños que genera este grave problema, impulsando una participación colectiva, de respuesta más que satisfactoria, convertida en una tarde diferente, de encuentros entre amigos, asesoramientos de belleza y diversos gestos, en la generosidad de sus propósitos.
Para mí, incondicional de sus actividades, ha sido un orgullo muy especial acercarme a esta organización que le ha dado vida al evento: un equipo de profesionales de la belleza de la mujer que defiende que cada persona merece, en una igualdad reclamada a voces, cicatrizar aquellas heridas en extremo difíciles de sanar y que, con cariño y la atención adecuada, pueden volverse prácticamente invisibles.
El otoño ha llegado a Málaga, acarreando nubes sobre la costa mediterránea y suscitando más tardes en casa y chaquetas por las noches, sin embargo, nos hemos concedido el privilegio de recibirlo en la concepción de un precioso día en el que la solidaridad de todos sus habitantes iluminó más aun que el sol, en el que las tareas diarias se convirtieron en regalos excepcionales; una tarde en la que el objetivo primordial hubo sido regalar el alma, con las mejores intenciones, para que el día de mañana muchas mujeres, a pesar de la debilidad de su dolor y de la desestima, puedan amanecer con la dignidad que se merecen y terminar el día en la seguridad de que algo habrá cambiado, en sus vidas y en las de sus hijos, y que han podido hacerlo gracias a que un grupo loable de personas, a partir de una iniciativa basada en el amor y en el respeto hacia los demás, les ha devuelto la posibilidad de conseguirlo y de sentirse, un día más y para siempre, fuertes y hermosas.
http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2014/10/04/nosotros/NOS-07.html


Un cansancio endémico (Acrílicos: Peter Siegrist)


En estos días hemos estado expuestos involuntariamente, y debido a ciertas actividades inherentes a la informática y a ciertos compromisos cívicos, al exabrupto emocional y psicológico de una vorágine informativa producida por los medios y las redes sociales acerca del virus del ébola.
Ésta es la tercera vez, en poco más de diez años, que se alerta a la población sobre el trágico final de sus días, en el que serán consumidos por el feroz trol sanguinario e impasible de una epidemia que liquidará a la sociedad que se atreva a respirar, bañada en su propio vómito y desangrándose por cualquier orificio al exterior que posea su cuerpo.
Hoy me encuentro agotada y no soy capaz de seguir.
No sé si sacrificarán más animales, si se venderán más fármacos, si terminaremos todos sumergidos en el Mediterráneo en una ciudad construida especialmente para agonizar en una eterna y dantesca cuarentena o si terminarán encerrándonos en nuestras propias viviendas con una cruz roja en la puerta, como en el año mil quinientos de la peste.


Lo que sé, perfectamente, es que la sociedad actual ya me tiene de problemas “hasta el gorro” y lo único que me falta es tener miedo de tomar un autobús, una cerveza en la plaza que acostumbra a recibirnos o de abrazar a un compañero de trabajo, temerosa a que me transmita una enfermedad terminal. O que luego de casi cincuenta años bregando por la igualdad de condiciones, la sociedad me imponga la atrocidad de que el temor bien entendido comienza en la diferencia de razas o de procedencias.
Me niego rotundamente a tener miedo de ser víctima de un virus que, seguramente, me dañará menos que la envidia, tan de moda en esta época de superaciones flacas y dependientes del hecho de sobresalir sobre quién es más inteligente que nosotros mediante estrategias poco convencionales y fuera del camino de las doctrinas católicas.
Estoy segura que hace tanto más daño la incomprensión, la falta de memoria y la indiferencia que el temor a que, por casualidad, te encuentres con cuarenta grados de fiebre en estos tan consternados días.
Hace más daño el dolor que sientes cada día cuando te dejan de lado por tus diferencias de opinión, que el hecho de pensar que puedan aislarte por una diarrea.


Hace mucho más daño que te cesen en tu trabajo porque tu superior argumente que puedes quitarle su puesto, a pensar que puedas contraer una enfermedad que, a pesar de las atrocidades divulgadas, no pasará, con el tratamiento adecuado, de una gripe común.
Hace mucho más daño la impotencia de que se manipulen tus opiniones, a que termines necesitando una cura de sueño debido a una indigestión que te obligue a vomitar hasta el apellido de tus ancestros.
Definitivamente, me niego a que vapuleen mi doméstica intranquilidad, harta suficiente, con estratagemas de endemias globalizadas tan poco probables; porque no hay peor enfermedad que la que ya vivimos en esta carrera indiscriminada en la que se ha convertido la sociedad actual, en contra del sentido común y en favor de una competitividad permanente que nos hace mucho más daño y provoca muchos más insomnios que un virus malavenido, incrementado por la necesidad imperiosa de una primera plana en los telediarios y por los intereses personales de aquellos que, con una cuenta bancaria más abultada que la nuestra duermen, al día de hoy, mucho más tranquilos que nosotros.
Yo, a pesar del temor impuesto, seguiré disfrutando, por mi propio bien, de una familia que, a través del amor, sabe perdonar mis deslices naturales de personalidad, del abrazo al amigo que sigo sintiendo mío y de mis ideologías que son las que, invariablemente, serán las únicas que permitiré que, con orgullo, me acompañen hasta la tumba.

martes, 7 de octubre de 2014

La letra escarlata



Soy inconformista. Es verdad. Perdería mucho tiempo intentando ocultar lo inevitable y aquello que mis amigos más cercanos procuran eludir, en el trasiego obstinado de la amistad.
En mi defensa declaro que, y cargando con el paradigma de lo inadaptable, soy muy fiel a quienes quiero,  con desmesurada insistencia, y tanto, que finalmente me arrastrarán consigo, como una letra escarlata en el pecho, en la aceptación de lo inevitable.
Pero también es verdad que la sociedad no me ayuda a hallar esa veta sumisa que podría engendrar en mi personalidad la deseada cualidad del apego incondicional, abierto y generalizado.
Pero supongo que hasta los más mansos cargan con su propia sombra.
Intento ser indiferente pero lo dificulta la bendita dádiva de la observación, en breves estocadas, a través de una vocación que macera la necesidad de introducirme en donde ni siquiera me han invitado.
Claro, ¡de allí a las consecuencias!
Es entonces cuando se limitan las voluntades que me lo impiden y reincido en el atractivo fisgoneo de lo que me seduce, obviando las barreras de los escrúpulos y salteándome, en disimulados estertores de exultación, mi acostumbrada elegancia. Así, ciertas oportunidades se abren jactanciosas obligándome a ceder ante mis impulsos, como si el destino trabajase a comisión.
Supongo que seré más sensible que otros, incluso más perceptiva y ya no sólo por genética, sino a través de una acostumbrada respuesta vocacional, mi propia letra escarlata, convertida en el impulso de traducir mis emociones por escrito.
Pero, en ocasiones, cuando el tiempo libre me vuelca a las interrelaciones barriales y las rutinas gastronómicas me obligan a recorrer los bulliciosos senderos de los establecimientos alimenticios, surgen situaciones que me llevan a cuestionar mis diferencias, con mensajes tan claros y evidentes cuya interpretación, sin lugar a dudas, me iguala en condiciones al resto de los mortales.
Es entonces cuando, y  luego del mensaje que hoy me ha transmitido el supermercado lindante, descubro que el concepto de inconformista, del cual me hago cargo, se ha visto respaldado en la obviedad de los hechos, poniendo las consideraciones respectivas al alcance de todos y rebajando la calidad de mis conclusiones, que expresaré a continuación, a un lenguaje llano, elemental y elocuente, aún luego de tan distinguido coloquio y censurándolo por mero sentido común: “¡Qué h…. de p…!”