lunes, 24 de noviembre de 2014

Redes en la mira


Creo que todos los que creamos algo, nos sintamos artistas o no, lo hacemos por vocación, para desnudar los sentimientos que bregan por salir y que cada uno, de acuerdo a sus capacidades vocacionales, los exterioriza de una manera u otra. Es una acción involuntaria, instintiva y sólo los que tenemos la necesidad de hacerlo, lo sabemos.
Pero, si bien nuestra vocación es algo que llevamos adelante solos, su resultado es algo que nos complace infinitamente compartir y el hecho de que surja esa oportunidad nos proporciona una satisfacción tal, que repetimos, en aras de un apego a nuestras propias emociones y a una fidelidad total hacia una genética exigente de respuestas. Escribimos, pintamos, cantamos, componemos música, diseñamos trajes, rodamos películas, todo con esa pincelada de uno mismo que nos vuelve únicos y el hecho de que busquemos seguidores no es consecuencia de la vanidad, sino es la búsqueda de un espejo válido en el que podamos reflejarnos y convencernos de que debemos seguir adelante con nuestros propósitos.
Para todos los artistas, las redes sociales resultan un puente absolutamente favorable. Abusamos de ese mecanismo virtual que hace extensivos nuestros mensajes culturales, invitamos a compartir lo creado, convocamos, inquirimos, todo para convencernos de que proporcionaremos un bien, de que de alguna manera ocupamos un sitio importante en la vida de alguien, de que hemos sido útiles o de que hemos adquirido trascendencia, más allá de nuestro escritorio de trabajo.
Esa facilidad de transmisión ha propulsado tanto a las redes que sus aplicaciones se han convertido en adicciones irrefrenables para la inmensa mayoría, independientemente de sus inclinaciones culturales, con el mero propósito de vender un producto o compartir, desde la entrega de un galardón hasta la degustación más doméstica de una ensalada.
Sin embargo, en muchos casos, estos intereses se convierten en vías grotescas de ira, comparaciones absurdas, prepotencias y galas desmesuradas de resentimientos sin nombres, en la búsqueda de adeptos para nuestros rencores y eso, a lo largo de las horas, termina siendo todo lo que vemos fluir a través de la pantalla de nuestros móviles u ordenadores.
Una red social puede engrandecernos, proporcionándonos los cómplices necesarios de nuestros pensamientos, actividades o infortunios, permitiéndonos sentirnos acompañados y sabiéndonos arropados por familia y amigos.
Si nos dejamos vencer por la comodidad de ocultarnos detrás de una pantalla, tecleando frases ácidas en silencio, no resolveremos nuestras dudas y nos traicionaremos a nosotros mismos, subestimando nuestra fortaleza y postergando las soluciones que podrían proporcionarnos la tranquilidad que necesitamos.
Hemos sufrido la muerte de nuestros seres queridos y hemos salido adelante; nos enfrentamos a fracasos laborales y a serios contratiempos económicos y salimos adelante. Hemos tomado decisiones que sabemos que no son las correctas pero, a pesar de todo, afrontamos el reto de habernos equivocado y salimos adelante.
Somos fuertes y esa fortaleza, inherente a la persona humana y a su sabiduría natural para buscar soluciones, no debe solo nutrirse de unos cuantos “likes” en una red social, sino de saber escuchar, mirar a los ojos,  comprender que las diferencias que encontramos en los demás son recíprocas y saber aclarar las dudas que nos duelen y derivan en aislamientos y enfados que nos consumen en silencio.
Y será recién entonces, cuando nos demos cuenta de esa verdad, que descubriremos, y sin la intervención de ningún post, que habremos conseguido consolidar y hacer respetar lo más importante y necesario del día:  nuestra propia dignidad.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Rozalén, con lenguaje propio



Las tardes en la ciudad de Málaga siempre consiguen sorprenderme y no sólo porque la temperatura en las calles ha vuelto a rozar los treinta grados, en un otoño que insiste en recorrer las avenidas, disfrazado de primavera, sino también porque dentro de algunos sitios privilegiados los grados alcanzan estándares más elevados, midiéndose a través de significativas connotaciones musicales.


La música, en su sitio  
A pocos minutos del casco urbano, sobre la calle Cuernavaca, en uno de los polígonos industriales de la ciudad abarrotado de depósitos (almacenes) y trabajo a manos llenas (el Polígono Industrial San Luis), se encuentra la sala de conciertos Sala Eventual Music, un espacio orientado a las expresiones culturales de los diferentes grupos musicales que, semanalmente, se dan cita en sus instalaciones para compartir sus nuevos trabajos con los cientos de aficionados que acuden a estos eventos.
Algunos sábados atrás, al amparo de un otoñal sol de justicia, fui citada por el equipo organizador de los conciertos de María Rozalén, a acudir a aquella sala para conocer a esta extraordinaria cantautora manchega que está colmando, con sus ritmos tan peculiares y una voz exquisitamente modulada, recitales en  toda España.
En la puerta, dos de los componentes de este grupo emergente esperaban mi llegada, en un comité de bienvenida que me supo a afable y absoluto privilegio.

Acordes de popularidad
Tengo que decirlo y repetirlo porque si no lo hiciera, aún a riesgo de reincidir en los conceptos, esta crónica quedaría incompleta y renga de fundamentos: soy absolutamente curiosa de los sueños y de las ilusiones que llevan a los artistas a cambiar el rumbo de sus vidas, desenmarañando las particularidades de su talento. Es algo que me genera profundo interés porque en la gran mayoría de los casos esos cambios han significado un giro tan emblemático que los han convertido en diferentes personas, no sólo alterando sus destinos sino también el de aquellos que los rodean y esas historias, tan atractivas para mí, me despiertan la curiosidad más absoluta.
-¿Has perdido mucho en el camino?-pregunté a María en una sala de descanso, con el perímetro rodeado de sofás y botellas de agua mineral sobre la mesa rectangular.

-¡Pero he ganado mucho más!- afirma, y su mirada me transmite solidez y regocijo, y noto la veracidad de la respuesta en una expresión notablemente extenuada, producida por un viaje de más de seis horas desde Madrid hacia Málaga que hacía apenas unos minutos acababa de concluir, un cansancio que procuraba no transmitir y ocultaba detrás de maneras elegantes, dedicándome su tiempo de descanso y que, gracias a esa increíble fortaleza que poseen los artistas para producir la tan esperada metamorfosis profesional, se transformaría, sólo un par de horas más tarde, en una seductora y ondulante vocalización sobre el escenario.

“Que se vuele el miedo que come por dentro todas las ilusiones que tengo” (“Saltan chispas”, Rozalén)
Ciertamente, y desde la publicación de su primer trabajo, “Con derecho a…”, María Rozalén ha ganado muchísimo. Su popularidad crece día a día en manos de las diferentes propuestas que ha ido recibiendo luego de que su primer álbum viera la luz, que incluyen colaboraciones a artistas de excepción, como Miguel Bosé, Luis Eduardo Aute y Víctor Manuel, entre otros; gran cantidad de conciertos por toda España y parte del extranjero, premios, nominaciones e, incluso, su incursión en el mundo del cine con la aportación de uno de sus temas para la banda sonora de una película.
En este momento se encuentra muy ansiosa programando su vuelta a Argentina, en donde actuará el día 22 de noviembre, con previa rueda de prensa el día 21, viaje que se le presenta con muy buenas perspectivas.
Contagiada de admiración hacia nuestra tierra por el incomparable y tan mentado Joaquín Sabina, asiduo espectador de su carrera, María acuna muy buenos recuerdos de la sociedad argentina que la ha recibido en una ocasión y la esperará el próximo mes en la ciudad de Buenos Aires, con la expectativa de un espectáculo que, personalmente y desde esta costa malagueña, no quiero dejar pasar la oportunidad de recomendar especialmente.

La artista
Nacida en Letur, un pueblo de Albacete, Castilla - La Mancha, Rozalén comienza desde muy pequeña a introducirse en el mundo de la música. Con tan sólo siete años tocaba la bandurria  y con apenas dieciséis años dio su primer concierto, con composiciones propias.

Sin embargo, sin pensar en dedicarse a la música, se decantó por la Psicología y se formó en Musicoterapia, dos estudios que, sin lugar a dudas, le han facilitado la empatía necesaria para poder transformar vivencias, tanto propias como creadas, en tantas canciones a las que les imprime su propio sello, el de un lenguaje cercano y auténtico, con el que llega al público de la mano de una simpatía arrolladora y un despliegue artístico que se crece, apenas subida al escenario.
“Quien siguió la consiguió y esta historia comenzó a brillar” (“Comiéndote a besos”, Rozalén)
El espectáculo de María Rozalén se complementa con la participación de dos músicos que le brindan cuerdas de excepción a sus canciones, Ismael Guijarro y Samuel Vidal y con la incorporación de Beatriz Romero, con quien interpreta el video de “80 veces”, un trabajo original, de una sencillez absolutamente hechizante, que lo ha convertido en uno de los temas más significativos del álbum.
Beatriz Romero es una divertida técnica especialista en interpretación del lenguaje de signos y es la encargada de traducir todo lo que ocurre en el escenario con los movimientos característicos de esa lenguaje, lo que ha hecho que, a través de una finalidad solidaria de integración social planteada desde el respeto y la graciosa comicidad natural de Beatriz, el concierto se convierta en un verdadero espectáculo teatral, original y entretenido, digno de ver, recordar y recomendar.

Una fuerza escénica natural
Es notable ver a esta psicóloga de profesión desbaratar silencios y provocar las más espontáneas de las sonrisas sobre el escenario. Sin embargo, luego de escucharla, nadie diría que la música no formaba parte de sus planes de vida.

Hoy sale al escenario con la seguridad que le brindan las respuestas de miles de seguidores a través de las redes sociales, cientos de entrevistas concedidas y otros tantos conciertos realizados alrededor de todo el país. Hoy reconoce que su vida está sobre el escenario, a pesar de los difíciles transes a los que la actualidad económica somete a los artistas poniendo a prueba su perseverancia y capacidad de superación. Sin embargo confía en ello porque disfruta de su trabajo, muy a pesar de los cansancios producidos por los traslados y de los compromisos y sus consecuencias, que asume como contratiempos ligados directamente a su profesión y que consigue apalear gracias al respaldo incondicional de sus compañeros de trayecto y del cariño y el reconocimiento que ella manifiesta hacia cada uno de ellos, a quienes considera responsables igualitarios de sus proyectos y logros actuales.
Su segundo álbum, probablemente, se nos brindará en la próxima primavera española, con los objetivos establecidos de concebir un trabajo más elaborado aún que el primero y perfeccionado; promesas basadas en las productivas ambiciones de esta fantástica artista manchega, una mujer de una voz que nos conquista con suaves dejes flamencos, canciones muy sentidas, nacidas de inspiraciones cotidianas y un trato cercano y afable; quien afirma, reiteradamente, que aún le queda mucho por aprender y ante quien, y luego de repasar lo que ha conseguido hasta ahora y a modo de reválida merecida, me atrevo a asegurar que somos nosotros los que aún tenemos mucho, muchísimo que aprender de Rozalén.
http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2014/11/15/nosotros/NOS-09.html