lunes, 19 de enero de 2015

Lo que importa

No hay un trabajo más importante que otro, ni siquiera las diferentes oportunidades o capacidades alteran esa condición.
Trabajar es dedicar tiempo a un objetivo claro, por vocación u obligación, a la espera de un reconocimiento personal, aún el más sencillo, independientemente de una remuneración económica que, en la mayoría de los casos, ni siquiera cubre las necesidades más básicas.
Así se desarrolla cada día, desde muy temprano y hasta muy tarde, en las diferentes esquinas de la ciudad, en las que cientos de trabajadores abren sus tiendas, defienden sus negocios y responden a horarios de trabajo con responsabilidad, en una actitud de elogiable y productiva dignidad.
Sin embargo, y obviando un civismo que debería prevalecer
y saberse de memoria, es la segunda vez que aparecen escritos sobre la pintura de los muros de esta pequeña pista deportiva que tendrán que volver a pintar, por tercera vez…
Supongo que será más sencillo cuando se comprenda, que, independientemente de las inclinaciones políticas que se posea, detrás de cada actividad o reforma que se realiza y se vive en la ciudad, hay miles de personas anónimas, a quienes la popularidad no los encumbra a través de los medios, ni se conocen sus nombres, ni se proclaman sus obras a través de las redes sociales, pero que, sin embargo, dedican su tiempo en favor de un deber basado en la búsqueda de una estabilidad económica y social, en el cumplimiento de una obligación que, en muchas ocasiones, se brinda en favor del disfrute colectivo, sin esperar más que la retribución más justa y digna que merece, y merecerá siempre, un trabajador: respeto y diferencia.

Karina: una artista en armonía con sus recuerdos




Durante un programa radial, en un encuentro fortuito, Rocco Torrebruno, actor, cantante y presentador cómico italiano afincado en España, dio un apodo cariñoso a María Isabel Llaudes Santiago, una hermosa cantante y actriz española nacida en Jaén y, a partir de entonces, el nombre de Karina se grabó, con un éxito arrollador, en la historia de la música española.



Ya se han cumplido catorce años desde que nos mudamos a España. Si bien me he encargado de resumir muchos de ellos en mi primer libro, Entre dos lunas, desde su publicación, hace tres años, hemos alterado residencias y planes incansablemente.
Nadie está exento de cambios y transformaciones personales, pero los que tomamos la decisión de emigrar sabemos que esos cambios se convertirán en nuestro eterno compañero de piso.
Es así como comenzamos a integrarnos en una sociedad nueva, dejando rezagadas algunas costumbres, resignándonos a que el desgaste paulatino de muchas de ellas sea un hecho inevitable, incluso, hoy.
Nos introducimos en tradiciones que no compartimos, en hábitos que desconocemos y los recuerdos de nuestra juventud pasan a conformar una notable diferencia.
Es entonces cuando, debido a nuestra curiosidad, basada en el cariño que sentimos por nuestros nuevos amigos y en el respeto hacia su pasado, comenzamos a aprender y a vivir sus recuerdos, adoptándolos en nuestra vida diaria, casi como propios.
Es así como conocí a Karina.

En buena compañía

¡Sienta muy bien que los amigos consideren el trabajo que haces y lo valoren, hasta el punto de compartirlo!
A mí, por ejemplo, es fácil sorprenderme. Me gustan las personas que tienen una historia que contar, o un talento que compartir y eso, mi querido amigo, el retratista Antonio Montiel, lo sabe perfectamente.

Por ese motivo aquella tarde, en Madrid, me presentó a Karina.
María Isabel Llaudes Santiago, nacida en Jaén, conocida artísticamente como Karina, ha sido un auténtico furor en las décadas de los 60 y 70 en España y en Latinoamérica, con canciones como Las flechas del amor, Romeo y Julieta, El baúl de los recuerdos o En un mundo nuevo, con la que finalizó en el segundo puesto en Eurovisión en el año 1971.
Es una mujer que desprende un encanto muy singular y una sencillez admirable que se convierte en uno de sus tantos atractivos. Es bonita y risueña y su manera de expresarse la vuelve absolutamente entrañable; contagia entusiasmo y crea un ambiente tan suave como la dulzura de su voz.

Un encuentro para una emotiva historia

La FNAC de calle Callao, en Madrid, es una de las veinticuatro tiendas que posee, en doce provincias españolas, esta empresa francesa especializada en la venta de artículos electrónicos, computadoras, artículos fotográficos, libros, música y vídeo.
Como todas las cadenas importantes, brinda, también, sus instalaciones para las actividades inherentes a la promoción de las obras musicales y literarias que ofrece, así  el público puede disfrutar de un encuentro con algunos de sus artistas preferidos.
Aquella tarde de fines de octubre, la artista que presentaba su obra era Karina, quien convertiría a los seguidores de su música, de la mano de la prestigiosa Editorial Planeta, en lectores de un acaudalado bagaje de anécdotas y experiencias, a través de un libro, El baúl de mis recuerdos, que aglutina algunas de las tantas vivencias de esta encantadora cantante y actriz jienense.

Una eterna “vendedora de discos”

Karina se aferra al micrófono y mira por encima de él, atenta a las preguntas de los presentadores del evento, dispuesta a responder con la autenticidad que la caracteriza y una simplicidad que roza la inocencia y provoca una atracción inevitable para quienes esperamos sus respuestas.
Nos habla de sus comienzos, de los concursos radiofónicos y festivales, del amor, de sus éxitos laborales y desilusiones, de sus miedos, su familia, sus contratos discográficos y, con cada recuerdo, Karina se retrotrae emocionalmente a un pasado que la ha consagrado, a través de muchos sacrificios y decisiones sagaces, como una de las más destacadas figuras de la música española.
Se considera, a sí misma, una vendedora de discos, basándose en la fuerte influencia comercial que provocó su música en aquellos años, popularidad que la hubo llevado, incluso, a rodar varias películas que la contaron como protagonista.
“Soy fuerte”, asevera, “pero necesito sentirme querida y apoyada”, cualidades que, viéndola tan bien arropada entre sus amigos, seguidores y familiares, como su preciosa hija, Azahara, convertida en su actual manager, creo que lo ha conseguido con creces.
“¿Ya cantamos?”, pregunta, de repente, en un silencio que supo a preparativos, mirando hacia ambos lados y esperando con ansiedad el momento. Los músicos ultiman sus acordes y ella se pone, una vez más, y como lo ha hecho tantas otras veces a lo largo de su vida, frente al micrófono. Las miradas se ciernen sobre ella y una voz cristalina, que reconoce nerviosa a pesar de los años, pero de absoluta satisfacción, se adueña del recinto.
Es la artista, labrándose un futuro dispuesto a cosechar lo que ha sembrado durante más de cuarenta años de trayectoria y es la mujer, arriesgando, empeñándose en una vocación que ha guiado su vida y demostrando, tal y como versa su famosa canción, “El baúl de los recuerdos”, que “volver la vista atrás es bueno, pero mirar para adelante significa vivir sin temor”.

“No me he creído nunca nada especial” (Karina)

Karina continuaba con la presentación de su libro autobiográfico, argumentando que gran parte de su fortuna profesional se debe a la suerte de haber estado en la hora y en el lugar oportunos, frente a la persona adecuada. Volvía a soltar besos al aire y recogía los halagos con absoluta sencillez.
Yo, mientras tanto, escuchaba detrás de mí el eco del público coreando sus canciones, acompañando sus risas y aplaudiendo las efusivas expresiones de su transparente personalidad.
Luego desviaba mi atención hacia el retratista Antonio Montiel y hacia su querida amiga, la cantante Encarnita Polo, que, sentados junto a mí, disfrutaban relatándome anécdotas personales vividas junto a Karina y me dejaba apresar por la emoción, pensando en aquella artista que esa tarde se despedía de los escenarios con una última gira, ofreciendo, una vez más, las letras pegadizas de sus canciones a tantos seguidores incondicionales.
Fue, en ese momento, cuando me di cuenta de que, para hablar de la verdadera fortuna de María Isabel Llaudes, Karina, no bastaba solo con mencionar las oportunidades profesionales que la habían llevado a grabar su nombre en la cultura musical de un país, sino, también, en el valor de sus posibilidades actuales, convertidas en lógicas consecuencias de una vida llevada con dignidad y empeño, que le permiten, aún hoy, llenar conciertos y disfrutar de una historia de trabajo, de lucha y superación contada a través de la admiración de sus amigos.
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