sábado, 2 de diciembre de 2017

Montesco. 30 años de alta costura.


 Los artistas no escatimamos a la hora de canalizar nuestras capacidades creativas; por el contrario, las volcamos con alevosía intentando desahogarnos de inspiraciones y llegar a conquistar una obra, aunque solo sea para dar lugar a la siguiente.
Ya cuando alguien comparte aquello que creamos y lo disfruta, nuestra obra queda completa, y nuestra intención no será solo la que vale, sino que se convertirá en los cimientos de algo maravilloso que nos llenará de orgullo; compartirlo, brindarse, ser elogiado y recibir una cálida respuesta como un abrazo que rubrique el esfuerzo, serán los mejores premios a nuestro trabajo.

Eso hemos vivido hace unos días, cuando la firma malagueña, Alta Costura Montesco, abrió su atelier de par en par y regó con años de trabajo e ilusiones los opulentos salones del Gran Hotel Miramar de la ciudad de Málaga.

 Así, las manos creadoras se convirtieron en hacedoras de milagros, y nos vistieron con las grandes galas que su atelier atesora con celo detrás de puertas veladas con tapizados barrocos, y a lo largo de tres décadas de indiscutible evolución.
No soy experta en moda, como muchos dicen, sí soy, en cambio, una gran oidora de sueños de atelieres y artistas de la moda, y si esa empatía me brinda algún que otro título, lo agradezco, y lo agrego impertinente a mi currículum en el apartado secreto de los halagos que me ayudan a sentirme fuerte y útil.


Así, en aquella tarde del ocho de noviembre pasado, mientras la luna jugaba a dibujar con sus reflejos volantes de agua salada sobre las playas malagueñas, hemos sido partícipes de un despliegue de siluetas femeninas engalanadas con años de inspiraciones trabajadas, aplicadas a través de una vocación que no deja de despertar admiraciones a lo largo del tiempo. 


Las cinturas se estrechaban y se elevaban los hombros en chaquetas estupendas; el refinamiento de los tejidos marcaba las formas buscando emular los dibujos del artista que los había creado; las mangas caían en volantes sobre manos que los ondeaban en movimientos sutiles; los cuellos se elevaban desnudos, enmarcados por las sofisticadas líneas de los escotes; las faldas estilizaban a quienes atravesaban el salón con la delicadeza consciente de estar luciendo algo maravilloso, vencidas ante el estímulo de una alta costura forjada en los devenires de la historia y obsequiada, aquella noche, como un legado que convertía a la ocasión en una estigma  de privilegio que marcaría a muchas de aquellas modelos, para siempre.



La noche de aquel trigésimo aniversario de Alta Costura Montesco, nos dejaba dos verdades muy definidas: una de ellas es que un verdadero artista es aquel que tiene la sensibilidad de captar, a partir de algo que otros ven sencillo, una oportunidad maravillosa que generará una obra rica en matices y de exquisita armonía.



Y la segunda, es la certeza de que lo que hacemos a través de nuestras capacidades se queda en el recuerdo, engalana la vista y el tacto se alimenta de su textura, pero lo que hace el talento cuando se expresa a través del alma permanece, para siempre, en el rincón más cálido del corazón que lo recibe.


Por derecho


Cualquier lugar en el que actúan, lo hacen suyo, y te sientes parte de ellos. 
Foto Félix Ramos
Incluso, al final, cuando te marchas y el teatro vuelve a ser solo un recinto silencioso que algo espera, es inevitable que extrañes el taconeo persistente, fuerte y armónico de Antonio de Verónica, su delgada silueta adueñándose del escenario, devorando hasta el último centímetro con la profundidad de una mirada cargada de escuela; la sensualidad de Saray Cortes​ envuelta en volantes, el hechizo de sus manos acariciando el aire oscuro de un teatro repleto hasta la exageración,
Foto:Félix Ramos
la sutileza de su femineidad priorizada en los movimientos aguerridos del compás flamenco ondulándose sobre las tablas; la dócil imagen de Azael inaugurando el final, con una atractiva inocencia que emula todo lo que se desarrolla delante de él  y la figura prodigiosa e incomparable de María Emma, como un artificio del arte, como un espejismo que crea percusión e imagen, apoderándose de tu atención hasta el absoluto silencio, sumergida en la eternidad, mientras los acordes de las guitarras amanecerán contigo, entre los recuerdos más entrañables de un día que no habrá sido igual a otro vivido junto a ellos …


¡Enhorabuena!... Y mis mejores deseos a toda esa familia que ha llenado el Teatro Cervantes de Málaga, una vez más, con el corazón latiendo a golpes de flamenco.




viernes, 24 de marzo de 2017

Vértice



-Imanol- llamé-. Es inevitable que quiera hacerte una pregunta- le dije, haciendo un gesto con la mano en alto para que me viera desde el lateral opuesto de la alfombra roja en el que se encontraba, camino a la entrada del Teatro Cervantes de Málaga. 

El actor, entonces, se acercó a mí como si nos reencontráramos luego de algún tiempo y sintiera curiosidad por algo que se me había olvidado decirle.


-Uladislao, ¿estás ahí?- pregunté, despojada de distancias y solemnidades.


Entonces, sentí cómo aquella Camila O ´Gorman del cine argentino de María Luisa Bemberg abría los ojos, despertando de su letargo de cine y de más de tres décadas de remembranzas, e inquiría, una vez más, a su desafortunado amante.


-¡A tu lado, Camila!- me contestó Imanol Arias, y esas palabras saltaron de su memoria directamente sobre mi admiración y, emocionado, me tomó la mano en un gesto de caballeroso agradecimiento por haberlo devuelto a ese recuerdo.


Esa impertinencia de cinéfila indiscreta generó esta imagen magistralmente tomada por mi compañera de prensa, Beatriz Milnueve, y se hubo convertido en uno de los recuerdos más maravillosos de esta vigésima edición del Festival de cine en español de Málaga.


Hay quienes no saben encontrar el vértice en el que duermen los sueños y cuál es el momento oportuno de despertarlos…

No es mi caso.